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LETRAS Y CARAMELOS

Porque no hay infancia sin cuentos, les regalo los míos para que los disfrute ese niño interior que vive en cada uno de nosotros

DEL OTRO LADO DEL PARAÍSO
EL ÁRBOL QUE QUERÍA HACER MÚSICA
EL TRENECITO DE LOS SUEÑOS
FELICIDAD, EL PÁJARO AMIGO
LA DIOSA DE LAS AGUAS
LA SONRISA DE PAOLA
LOS HERMANOS DEDOS
LUTOR: EL ÚLTIMO DRAGÓN
SUCEDIÓ EN MEDIO DE LA NOCHE
UNA LUZ DE ESPERANZA EN EL CIELO

DEL OTRO LADO DEL PARAÍSO

Cuando Dios Nuestro Señor expulsó a Eva y Adán por haber sucumbido a las tentaciones del demonio transformado en serpiente, el paraíso se quedó intacto. Tal y como lo dejaron al marcharse. No es visible para ningún mortal, no aparece en ningún mapa, ni es posible llegar hasta él de ninguna manera conocida por el ser humano. Sin embargo, existe.
Ahí viven, inmortales, miles de especies animales y vegetales, felices, sin padecer el frío o el hambre, sin conocer la enfermedad, la muerte, la destrucción. Todos conviven por igual en perfecta armonía, este lugar es el oasis en el que Dios fija la mirada cuando se siente totalmente devastado por las infamias humanas que observa desde el cielo cada día.
Habitantes del Edén eran, entre muchas otras especies, una golondrina y un halcón que se caracterizan por dos aspectos: la amistad tan hermosa que habían concebido y su infinita curiosidad.
De tal manera, que se dedicaron a invocar a Dios con insistencia para preguntarle qué había del otro lado del paraíso. Al principio, al Creador le hacía gracia y contestaba con evasivas, pero llegó un momento en que lograron agotar su inquebrantable paciencia:
-¿Qué es exactamente lo que desean? -preguntó
-Solo queremos ver qué hay del otro lado del paraíso, para saber cómo es el mundo que fundaron y construyeron Adán y Eva al salir de aquí. Solo eso.
-Del otro lado no hay nada que pueda interesarles, no existe la belleza que disfrutan aquí. Además -insistió- si cruzan la línea el tiempo que permanezcan fuera del Edén serán mortales, indefensos, corren el riesgo de enfermar...créanme, no vale la pena.
-¿Cómo no va a valer la pena? -dijo el halcón- sabemos que les regalaste valles, lagos, cascadas, mares sin fin, lugares increíbles con todo lo necesario para que vivieran felices y plenos a pesar de ser mortales, pero que serían duraderos generación tras generación hasta que no quedara un solo hombre en la tierra.
-Si -apoyó la golondrina- tenemos curiosidad de saber qué han hecho con todo eso.
A pesar de no estar de acuerdo y como prometió libre albedrío a todas las criaturas, les permitió traspasar el paraíso, no obstante, les ofreció la oportunidad de volver señalándoles el camino de regreso.
El halcón y la golondrina levantaron el vuelo felices y salieron de su mundo maravilloso para entrar al otro, al mortal, al de los hombres que eran imagen y semejanza de su Padre Dios y que seguramente tendrían para sí un ámbito mejor que el paraíso mismo, y teniendo el don de la inteligencia, con mayor razón.
A medida que se alejaban, dejaban de respirar aire puro, los rayos del sol eran tan intensos que lastimaban su piel, empezaron a experimentar cosas que nunca antes habían padecido como el hambre y el cansancio.
-Mira, -dijo el halcón - Allá abajo hay un riachuelo, bajemos a descansar y a tomar agua.
La golondrina accedió con gusto y ambos descendieron dispuestos a saciar su sed. Pero... ¡qué decepción! el agua estaba verde, llena de basura, los pocos peces dentro de ella, estaban ahora flotando sin vida.
Se miraron horrorizados ¿qué había pasado en ese lugar?  A pesar de la sed y la fatiga siguieron con su camino hasta llegar a la primera población.
-Pero ¿qué es esto? -preguntó el halcón- todo es gris, no hay colorido.
-No importa -le animó la golondrina –ahí están los descendientes de Adán y Eva, ellos nos alimentarán y protegerán.
Bajaron hasta la explanada central del pueblo, con la intención de llegar a la fuente de la que brotaba agua para refrescarse e hidratarse, pero, en cuanto pusieron las patas en la cantera de la misma, varios chiquillos llegaron corriendo para intentar apresarlos. Asustados levantaron el vuelo intentando huir, pero una lluvia de piedras les impidió avanzar con rapidez, una de las rocas logró pegarle en un ojo a la golondrina que perdió el equilibrio y hubiera caído sin remedio de no ser por su amigo, el halcón, quien logró planear con eficiencia y la interceptó haciendo que cayera encima de él. No paró hasta que alcanzó la cumbre de una montaña.
Dios, conmovido por lo que les estaba sucediendo les envió un poco de lluvia con la cual pudieron por fin, refrescarse y beber. Con el vital líquido se limpió la herida de la golondrina que lloraba desconsolada.
-¿Por qué me hicieron esto? -preguntaba -si yo solo quería convivir con ellos. ¿En qué los ofendí? 
Su amigo escuchaba sin decir palabra, no había explicación para lo que había sucedido, estaba enojado y se sentía triste. Estuvieron dos días en aquella cumbre. El halcón sobrevolaba con mucho cuidado la zona para encontrar alimento para él y su compañera. La pobrecita golondrina perdió el ojo finalmente y tuvo que continuar su viaje así.
Todo lo que encontraron en cuanto lugar visitaron fue destrucción y muerte, abandono y descuido, abuso y extinción. Viajaron por el mar y fueron testigos de la manera en que las ballenas, los delfines, y en general todas las criaturas marinas eran masacradas y asesinadas sin piedad. Observaron cómo las industrias, las plataformas petroleras, las grandes potencias con sus pruebas nucleares estaban contaminando el mar y terminando con todo rastro de vida ahí.
Conocieron las partes heladas del planeta, que ahora se estaban derritiendo porque los rayos solares llegaban directo, sin el escudo de la capa de ozono. Presenciaron la masacre de los lobos marinos que amigables corrían al encuentro de los hombres tan solo para recibir dolor, muerte lenta y sufrimiento.
Con un gran sentimiento de pesar siguieron buscando aún con la esperanza de encontrar algo bueno del otro lado del paraíso. Llegaron a África ¿dónde estaban los animales? ya no había elefantes, ni leones, ni nada. Los niños estaban muriendo de hambre, no había  qué comer.
En el desierto fue imposible permanecer, no por el sol, ni por las condiciones extremas de sus características naturales  sino porque se hallaba sitiado por militares que detonaban bombas y liberaban químicos que agravaban la situación. Las grandes ciudades solo les mostraron violencia, egoísmo, la gente tenía tanta prisa por llegar y cumplir con sus obligaciones que no se daban cuenta que estaban viviendo dentro de una burbuja de humo mortal que enfermaba sus pulmones.
¿No se suponía que el hombre tenía capacidad de raciocinio?  Los bosques no tenían árboles, las plantas estaban secándose, el agua agotándose, los alimentos ya no eran otorgados por la naturaleza sino creados a partir de fórmulas químicas que supuestamente mejoraban los nutrientes de los verdaderos.
Además, la gente se empeñaba en no comer, todo era malo, todo enfermaba, todo engordaba...¡hasta el agua! que solo se conseguía embotellada y no había nada gratis, había que pagar para adquirir lo que en el paraíso tenían a montones y gratis. Después de mucho pensarlo, decidieron volver al edén.
-No podemos dejar a nuestros hermanos aquí, no podría volver a sentirme feliz sabiendo que están  a merced de estos monstruos -dijo el halcón.
-Pero ¿cómo podríamos llevar a todos hasta allá? ¡Somos tan pequeños para cargar con ellos! Mira cómo hemos envejecido. No sabemos cuánto tiempo de vida nos quede podríamos morir si no llegamos a tiempo.
La golondrina propuso entonces pedir la ayuda de Dios, quien, conmovido, les dio una solución:
-Deben construir un nido enorme. Cada que toquen con el ala a un animal éste se convertirá en una rosa dentro del nido y será como vitaminas para sus cuerpos, solo tendrán una oportunidad de hacerlo, se salvaran los que quepan  dentro de él y que puedan ser transportadas por ustedes, pero recuerden que acá son mortales y pueden salir dañados. Yo en lo único que puedo ayudarlos es mostrándoles el camino más corto para llegar a los destinos más críticos y donde estén aquellos con una situación más desesperada,
Tardaron muchos días en construir el nido, pues debían seleccionar materiales que no pesaran tanto para poder volar con él. Una vez terminado, iniciaron su incansable labor transformando elefantes, rinocerontes, lobos, perros maltratados y abandonados en las grandes urbes, algunas aves, águilas, delfines, ballenas...todos los que se cruzaban en su camino eran convertidos en rosas con el roce de las alas y metidos en el nido.
-Ya no vamos a poder con más - dijo el halcón-está demasiado pesado. Recuerda que el viaje es largo.
-Pero... -respondió con tristeza la golondrina -nos faltan las focas canadienses. ¡No podemos abandonarlas!
-Bueno -accedió no muy convencido -pero solo algunas, las más pequeñas, salvemos a algunos de los bebés y ya, si nos excedemos corremos el riesgo de caer muertos de tanta fatiga y entonces todo habrá sido inútil.
Cada uno tomó un extremo del nido repleto de rosas y levantaron el vuelo con algo de dificultad. Tardaron mucho en llegar a su destino pero coincidieron con la llegada de los cazadores.
-¡Debemos apresurarnos! -dijo el halcón -solo unos cuantos
La golondrina se esforzaba lo más que podía en rozar a la mayor cantidad de focas, pero los hombres eran veloces y muy eficientes asesinándolas sin piedad ni compasión. 
-Vámonos –gritó el halcón -ya son demasiadas rosas.
La golondrina iba a levantar el vuelo hacia su amigo cuando vio, detrás de una roca una foca tratando de cubrir con el cuerpo a su bebé. Con el único ojo útil, logró ver al cazador que se acercaba hasta ellas.
-Déjame ayudarlas -suplicó
-¡No! -Gritó el halcón -ni una más. Vámonos.
La golondrina voló con todas sus fuerzas  y logró rozar a la foca madre que en seguida se sumó a las rosas sobre el nido gigante, pero faltaba la pequeña que comenzó a llorar a grito abierto en cuanto sintió la falta de su madre.
La valiente y pertinaz avecilla dio vuelta y planeó peligrosamente bajo para rozar a la pequeña. ¡Lo logró! Pero el cazador también consiguió darle un golpe terrible en la cabeza al pajarillo que cayó desmayado en la nieve.
Con rapidez, el halcón, que ya iba en su rescate, la transportó en su pico para depositarla sobre las rosas y como pudo arrastró el cargamento hasta el agua en donde, como si viajaran en una balsa, se alejaron navegando . El viento los llevó hasta mar abierto. Fuera del alcance del hombre.
La golondrina recobró la conciencia, pero el golpe recibido la había dejado completamente ciega y con el pico roto. Aún así, convenció a su amigo de emprender el vuelo pues por mar no llegarían a ningún lado.
-Debemos encontrar el arco iris entre las montañas y atravesarlo -le recordó.
-Pero ¿cómo pretendes volar así? no vas a resistir.
Tú serás mis ojos -pidió la golondrina -me duele mucho todo mi cuerpecito, pero más me ha lastimado la crueldad de nuestro hermano: el hombre. Debemos rescatarlos.
Con gran dolor, la avecilla se las arregló para asir el extremo del nido mientras su compañero alado trataba de llevar la mayor parte del peso sobre su espalda. Cruzaron el océano, llegaron hasta el valle y después de varios días apareció a lo lejos el arco iris entre las montañas.
Para entonces, el halcón ya tenía la espalda deshecha y un hilo de sangre escurría por su pico, sin embargo, pacientemente dirigía a su amiga y le describía los caminos que iban recorriendo.
Naturalmente, se detenían con bastante frecuencia a descansar, Dios estaba con ellos y una lluvia fina los acompañó durante el trayecto  con lo cual las rosas se mantenían hidratadas y ellos podían beber  agua. Aún así, los honorables rescatadores se sentían enfermos, hambrientos y muy cansados. El dolor era tanto que había comenzado a anestesiar sus cuerpecillos.
Haciendo un esfuerzo sobre humano, volaron a través del arco iris, el halcón feliz le gritó a su amiga que la entrada al paraíso estaba prácticamente frente a ellos. Pero ella ya no pudo escucharlo, se había quedado sin fuerzas y cayó provocando que el nido se volcara y las rosas se precipitaran al suelo. Algunas lograron quedar dentro del edén volviendo a su forma  animal en seguida, pero otras estaban fuera y siguieron siendo rosas.
El halcón, que había conseguido alcanzarla antes de que chocara irremediablemente contra el suelo, la depositó con suavidad sobre el césped y mirando el estado lastimero de su compañera lloró de impotencia. La golondrina, todavía medio inconciente, lo llamó con voz trémula:
-¡Sálvalos! -pidió -Sálvalos a todos, sálvate tú y entra con ellos para que dejes de sufrir. No creas que no me di cuenta que casi cargaste tú solo el nido todo el trayecto. Acaba con nuestra obra.
Pero ¡eran tantas las rosas derramadas fuera de la entrada y él estaba tan cansado y enfermo! En ese momento, llegaron todos los animales habitantes del paraíso que habían sido alertados por los recién llegados, y sin pensarlo dos veces salieron en estampida de su hábitat hermoso, seguro y feliz arriesgándose con el único propósito de meter las rosas faltantes con cuidado.
Ninguno advirtió que los dos amigos plumíferos estaban agonizando, uno junto al otro, fuera del paraíso. Fue aquella foca madre la que con cuidado especial recogió el cuerpecillo de la golondrina y logró meterlo antes de que exhalara el último suspiro, mientras su pequeño hijo hacía lo mismo con el halcón.
Cuando abrieron los ojos, estaban en el edén, junto a todos los demás rescatados que miraban a su alrededor maravillados:  el agua cristalina, la tierra sana, el aire puro y la belleza que los rodeaba ahora. La golondrina seguía sin poder ver, pero no porque siguiera ciega, sino porque las lágrimas de felicidad no se lo permitían, mientras, el halcón, daba gracias a Dios por su condición de ave.
Todos coincidieron en que eran afortunados de ser animales y de no contar con esa “inteligencia” que hacía del hombre lo que era: un ser  soberbio y cruel capaz de terminar con el planeta entero y sus semejantes.

ELENA ORTIZ MUÑIZ